jueves, 22 de septiembre de 2011

Sigamos leyendo-Mario Benedetti-Los Pocillos (cont2)

Día frío, nublado, invita al aislamiento... sentemosnos y abramos el libro virtual con el indicador "Roma", que nos muestra donde dejamos ayer...

"De todos modos deberias ir", apoyó Mariana. "Acordate lo que siempre te decía Menéndez"."Cómo no ,que me acuerdo:Para Ud no esta todo perdido. Ah, Y otra frase famosa:La ciencia no cree en milagros. Yo tampoco creo en milagros"
"¿Y por qué no aferrarte a una esperanza, no es humano?"
"¿De verás?" Habló por el costado del cigarrillo.
Se había escondido en sí mismo.Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia, ella era bastante dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia.
La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. Él menospreciaba su protección y Mariana hubiera querido- sincera, cariñosamente- haberlo protegido. Bueno eso era antes, ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, qu edesde un comienzo estuvieron rodeados por una halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba siendo solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. Él estaba agresivo, dispuesto a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Siempre desde muy atrás de su ceguera, como si esta oficiara de muro de contención para el incómo do estupor de los otros.
Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal. "Que otoño desgraciado",dijo,"¿Te fijaste?",la pregunta iba para ella.
"No", respondió José Claudio "fíjate vos"
Alberto lo miró, durante el silencio se sonrieron. Al margen de José Claudio , y sin embargo a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto, se ponía linda.
Él se lo había dicho po rprimera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacia exactamente un año y ocho días. Una noche en que José Claudio le había gritado muchas cosas feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, horas y horas , hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura.
Continuara



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