Sigamos con esta dulce historia de viajes en cohetes interplanetarios familiares , com quien va para la playa, como quien va con su familia para San Clemente... Y el regalo, que regalo...
-Todavía no -dijo el padre- te llevaré más tarde.
-Quiero ver dónde estamos y adónde vamos.
-Quiero que esperes por un motivo- dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en el regalo abandonado, el problema de la fiesta, el árbol perdido y las velas blancas. Al fin, sentándose, hacía apenas cinco minutos, creyó haber encontrado un plan.
Si lograba llevarlo a cabo este viaje sería en verdad feliz y maravilloso.
-Hijo- dijo - dentro de media hora, exactamente, será Navidad.
-Oh- dijo la madre consternada. Había esperado que , de algún modo, el niño olvidaría.
El rostro del niño se encendió. Le temblaron los labios,
-Ya lo sé, lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol?... Me lo prometieron...
-Sí,sí, todo eso y mucho más- dijo el padre.
-Sí-dijo el padre- Si, de veras. Todo eso y más, mucho más.Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.
Los dejó solos unos minutos. cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¿Puedo tener tu reloj?- preguntó el niño
Le dieron el reloj y el niño sostuvo el metal entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el movimiento insensible.
-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
- A eso vamos- dijo el padre y tomó al niño por el hombro. Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo, y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-No entiendo
-Ya entenderás.Hemos llegado-dijo el padre.
Se detuvieron frente a la puerta cerrada de una cabina. El padre llamo tres veces y luego dos, en código. La puerta se abrió y la luz llegó desde la cabina y se oyó un murmullo de voces.
-entra hijo- dijo el padre
-Está oscuro
-Te llevaré de la mano. Entra, mamá
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró, y el cuarto estaba, en verdad, muy oscuro. Y ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de un metro y medio de alto y dos metros de ancho, por la que podrían ver el espacio.
El niño se quedó sin aliento. Detrás, el padre y la madre se quedaron también sin aliento y entonces en la oscuridad del cuarto varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo- dijo el padre.
Y las voces en el cuarto cantaban viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el vidrio frío del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas...
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