martes, 27 de septiembre de 2011

Ciencia Ficción-Ray Bradbury -Continuación

Sigamos con esta dulce historia de viajes en cohetes interplanetarios familiares , com quien va para la playa, como quien va con su familia para San Clemente... Y el regalo, que regalo...


-Todavía no -dijo el padre- te llevaré más tarde.
-Quiero ver dónde estamos y adónde vamos.
-Quiero que esperes por un motivo- dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en el regalo abandonado, el problema de la fiesta, el árbol perdido y las velas blancas. Al fin, sentándose, hacía apenas cinco minutos, creyó haber encontrado un plan.
Si lograba llevarlo a cabo este viaje sería en verdad feliz y maravilloso.
-Hijo- dijo - dentro de media hora, exactamente, será Navidad.
-Oh- dijo la madre consternada. Había esperado que , de algún modo, el niño olvidaría.
El rostro del niño se encendió. Le temblaron los labios,
-Ya lo sé, lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol?... Me lo prometieron...
-Sí,sí, todo eso y mucho más- dijo el padre.
-Sí-dijo el padre- Si, de veras. Todo eso y más, mucho más.Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.
Los dejó solos unos minutos. cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¿Puedo tener tu reloj?- preguntó el niño
Le dieron el reloj y el niño sostuvo el metal entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el movimiento insensible.
-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
- A eso vamos- dijo el padre y tomó al niño por el hombro. Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo, y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-No entiendo
-Ya entenderás.Hemos llegado-dijo el padre.
Se detuvieron frente a la puerta cerrada de una cabina. El padre llamo tres veces y luego dos, en código. La puerta se abrió y la luz llegó desde la cabina y se oyó un murmullo de voces.
-entra hijo- dijo el padre
-Está oscuro
-Te llevaré de la mano. Entra, mamá
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró, y el cuarto estaba, en verdad, muy oscuro. Y ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de un metro y medio de alto y dos metros de ancho, por la que podrían ver el espacio.
El niño se quedó sin aliento. Detrás, el padre y la madre se quedaron también sin aliento y entonces en la oscuridad del cuarto varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo- dijo el padre.
Y las voces en el cuarto cantaban viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el vidrio frío del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas...

sábado, 24 de septiembre de 2011

Ciencia Ficción o Aunque parezca mentira... 1era parte

Si, me suena hasta como un juego de palabras . "ciencia ficción /algo que parece mentira", o mejor dicho algo de lo increíble o de lo inimaginable. No, no, por favor seguidores, no siempre hay monstruos en las histórias de ficción, no. Ahhhh no me creen ehh? bueno, entonces vamos a leer a uno de los grandes de este género, un contemporáneo. RAY BRADBURY (sin monstruos...)
Ahi vamos:

EL REGALO (del libro "Remedio para melancólicos" 1971)

Mañana sería Navidad, y aun mientras viajaban los tres hacia el campo de cohetes, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo por el espacio del niño, su primer viaje en cohete, y deseaban que todo estuviese bien. Cuando en el despacho de la aduana los obligaron a dejar el regalo, que excedía el peso límite en no más de unos pocos kilos, y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta y el cariño.
El niño los esperaba en el cuarto terminal, Los padres fueron allá, murmurando luego de la discusión inútil con los oficiales interplanetarios.
-¿Qué haremos?
-Nada, nada. ¿Qué podemos hacer?
-¡Qué reglamentos absurdos!
-¡Y tanto que deseaba el árbol!
La sirena aulló y la gente se precipitó al cohete de Marte.La madre y el padre fueron los últimos en entrar, y el niño entre ellos, pálido y silencioso.
-Ya se me ocurrirá algo- dijo el padre.
-¿Qué?...- preguntó el niño.
Y el cohete despegó y se lanzaron hacia arriba en el espacio oscuro.
El cohete se movió y dejó atrás una estela de fuego, y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, subiendo a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Durmieron durante el resto del primer "día". cerca de medianoche, hora terráquea, según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
-Quiero mirar por el ojo de buey.
Habia un unico ojo de buey, una "ventana" bastante amplia, de vidrio tremendamente grueso, en la cubierta superior.

(Continuará)

jueves, 22 de septiembre de 2011

Falta poco, no podemos parar-Mario Benedetti-Los Pocillos (final)

Hay momentos en que no podemos detenernos para conocer el final, que tal vez sea un final sin final, quien sabe no?
Releyendo esta historia, que sólo la leí aquella vez en mi adolescencia, veo ahora cosas que no habría notado, si mi tiempo no hubiera transcurrido.
Pensamientos comparables, ilusiones comparables, hasta ciertas fechas... increíble el dedo del destino que te dice "Es este.. no otro.."
Bueno, y como leer es un "viaje de ida" esperemos seguir leyendo y que los otros viajes, que no son de lectura, sean de ida y vuelta, para siempre estar cerca.
Veamos que dice el maestro Mario....y espero que lo disfruten leyendo, tanto como yo al copiarlo.

Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito, y ahora mismo Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón, finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor.

Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.
"No lo dejes hervir", dijo José Claudio. La mano de Alberto se retiró y Mariana, volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio , llenó los pocillos directamente de la cafetera.
Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto y el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzarseló a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró además ,con unas palabras que sonaban más o menos así: " No ,querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo" FIN (M.Benedetti 1959)

Sigamos leyendo-Mario Benedetti-Los Pocillos

Perdonen los errores de ortografía... mmm... de esos no me salvo, a pesar de leer y leer y leer.
Bueno, dejemos estos comentarios de lado y veamos que le pasa a Mariana, Alberto y José Claudio, de la mano de Mario, querido Mario...

"Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio; " a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte, el que pierde se embroma y viene a verme."
"También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un buen recuerdo del tiempo que los dirigías. Que estén realmente preocupados por tu salud.No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte".
"Que bien, todos los días se aprende algo nuevo".La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.

Cuando Mariana había recurrido a Alberto, en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y de quizá de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era más que eso: Alberto y ella.

"Ahora sí podes calentar el café" , dijo José Claudio y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mechero de alcohol. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos.Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.
Después se echo hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba, la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia ,Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente, y los dedos largos y afilados, se introdujeron entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia.
Ahora estaba tranquila y podía disfrutar.Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.

Continuará

Leamos el final-Mario Benedetti- Los Pocillos (cont)

Los ansiosos no sabemos esperar...sigamos entonces

¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente?.Ella hablaba con él, o simplemente lo miraba, y sabia de inmediato que él la estaba sacando de apuro. "Gracias" habia dicho entonces. Y todavia ahora, la palabra llegaba a sus labios directamente de su corazón, sin razonamientos intemediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto habia sido, en sus comienzos, gratitud, pero eso no alcanzaba a despreciarlo. Para ella querer había sido, desde siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en otros tiempos, siempre le había agradecido, que él tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante.
Había fallado en el otro, eso de provocar gratitud, y había fallado en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.
A Alberto en cambio le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos., y sobre todo ayudado a ser fuerte. Por otra parte ella había provocado su gratitud, claro que si. PorqueAlberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero en definitiva, un solitario.
Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad más profunda.
Acaso ALberto envidiaba un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacia mucho que Mariana había obtenido la confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.

Continuará

Sigamos leyendo-Mario Benedetti-Los Pocillos (cont2)

Día frío, nublado, invita al aislamiento... sentemosnos y abramos el libro virtual con el indicador "Roma", que nos muestra donde dejamos ayer...

"De todos modos deberias ir", apoyó Mariana. "Acordate lo que siempre te decía Menéndez"."Cómo no ,que me acuerdo:Para Ud no esta todo perdido. Ah, Y otra frase famosa:La ciencia no cree en milagros. Yo tampoco creo en milagros"
"¿Y por qué no aferrarte a una esperanza, no es humano?"
"¿De verás?" Habló por el costado del cigarrillo.
Se había escondido en sí mismo.Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia, ella era bastante dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia.
La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. Él menospreciaba su protección y Mariana hubiera querido- sincera, cariñosamente- haberlo protegido. Bueno eso era antes, ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, qu edesde un comienzo estuvieron rodeados por una halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba siendo solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. Él estaba agresivo, dispuesto a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Siempre desde muy atrás de su ceguera, como si esta oficiara de muro de contención para el incómo do estupor de los otros.
Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal. "Que otoño desgraciado",dijo,"¿Te fijaste?",la pregunta iba para ella.
"No", respondió José Claudio "fíjate vos"
Alberto lo miró, durante el silencio se sonrieron. Al margen de José Claudio , y sin embargo a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto, se ponía linda.
Él se lo había dicho po rprimera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacia exactamente un año y ocho días. Una noche en que José Claudio le había gritado muchas cosas feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, horas y horas , hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura.
Continuara



miércoles, 21 de septiembre de 2011

Vamos a Leer-Mario Benedetti- Los Pocillos cont.

Buen dia :Sentemonos comodos, limpiemos la mente de preocupaciones, respiremos profundo, abramos el libro y nos sumergiremos en otro mundo...

Continuación

Ella abrio apenas la boca y recorrio el labio superior con la punta de la lengua.Un modo, como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavia veia. Habian almorzado en la casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habian comido arroz con mejillones y despues se habian ido a caminar por la playa. Él le habia pasado un brazo por los hombros y ella se habia sentido protegida, probablemente feliz o lago semenjante.
Habian regresado al departamento y él la habia besado, lentamente, amorosamente,como besaba antes. Habian inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.

Ahora el encendedor ya no servia. Y ella tenia poca confianza en los conglomerados simbólicos,
pero despues de todo ¿qué servia aún de aquella época?

"Este mes tampoco fuiste al médico" dijo Alberto
"¿querés que te sea sincero?". "Claro"
"Me parece una idiotez de tu parte"
"¿Y para qué voy a ir? Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi higado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."

En la época anterior a la ceguera,José Claudio no era un especialista en la exteriorizacion de sus emociones, pero Mariana no se habia olvidado de como era ese rostro antes de adquirir esa tensión, este presentimiento. Su matrimonio habia tenido buenos momentos, no podia ni queria ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se habia negado a aceptar "su amparo", a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, un silencio testarudo.Un silencio que seguia siendo tal, aun rodeado de palabras. José Claudio habia dejado de hablar de si . (continuara)

martes, 20 de septiembre de 2011

Vamos a Leer- Mario Benedetti- Los Pocillos

Este cuento pertenece al libro "Montevideanos" y me trae lindos recuerdos. El recuerdo más importante es, posiblemente, mi despertar a la lectura adulta, que fue como abrir la puerta a un mundo desconocido y eso lo hice de la mano de Mario Benedetti.
Este cuento en especial me seduce por varios motivos, uno la sorpresa de lo inesperado y otro el juego colorido que dan los pocillos, como la vida, esa mezcla desordenada de colores como acciones y sentimientos.
Y como adicional, yo también tenía y aun tengo unos pocillos de colores combinados.
Espero, mis seguidores, lo disfruten, lo copio (en etapas por una cuestion de caracteres) con mucho, mucho cariño.

LOS POCILLOS - 1959 - Primera parte

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos verdes, dos negros, y además importados , irrompibles, modernos. Habían llegado como un regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón era que podían combinarse las tazas de un color con el platito de otro. "Negro con rojo queda fenomenal" había sido el consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo seria usado con su plato del mismo color.

"El café ya está pronto, ¿lo sirvo?", preguntó Mariana. La vos se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no, espera un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo". Ahora ella si miró a José Claudio y pensó por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.
La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Que buscas?", preguntó ella. "El encendedor", " A tu derecha". La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese tembló:que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosa de registrar la aparición del calor.
Entonces Alberto, encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por que no lo tiras?" dijo con una sonrisa, que como toda sonrisa para ciegos impregnaba también las modulaciones de la voz.
"No lo tiro porque le tengo cariño, es un regalo de Mariana". (continuará)