Nacemos con esfuerzo, crecemos con esfuerzo, todo lo que conseguimos llevo un esfuerzo para eso.
A veces son esfuerzos intelectuales, emocionales, físicos o de todo un poco, mezcladito y surtidito.
Para que no nos olvidemos de nada en el momento de conseguir lo deseado.
Lo que fuera, concientes o no.
Por trabajos o por diversión, pero allí esta : el esfuerzo.
Pueden dar stress, problemas cardiacos, alergias, nódulos o hasta hernias.
Y que nos dicen:" Esfuerzate y lo conseguirás". Conseguirás casi todo lo que desees, dicen, no?Casi todo...
A veces aparecen y no se van... a las hernias me refiero, no se van así como así.
Se van sólo con cirugía.
Pero es una cirugía menor, casi una excusa para descansar. Si, descansar de tanto esfuerzo.
Si fue por diversión, por deporte, bien ganada esta la hernia. Y si se gano un campeonato , todavía mejor ganada.
No nos preocupemos por la cura, saldremos airosos de ella.
Lo único que me apena es que no podremos recibir todas las visitas deseadas. No, no podremos.. tenemos que estar tranquilos.. No podemos hacer ESFUERZOS!!!
martes, 29 de noviembre de 2011
domingo, 27 de noviembre de 2011
"Sabia que no estaba equivocado"
Eso le dijo a ella. "Sabía que no estaba equivocado" y ese amor le sono a certeza y alegría en este mundo de tantas incertezas. Maravilloso!!
Pero él tambíen tenía otras certezas, ya arraigadas, que venian de lejos y estaban presentes.
Esas certezas que son para siempre. Aunque esa palabra sea relativa, a veces se cumple.
En las nubes del sueño nocturno, ella siente con fuerza una canción de Serrat.
"Vuela esta canción para ti, Lucía
la más bella historia que tuve y tendré"
....
"Tus recuerdos son cada día más dulces
el olvido sólo se llevó la mitad
y tu sombra aún se acuesta en mi cama
en la oscuridad..."
Ella se siente Lucía...
Pero él tambíen tenía otras certezas, ya arraigadas, que venian de lejos y estaban presentes.
Esas certezas que son para siempre. Aunque esa palabra sea relativa, a veces se cumple.
En las nubes del sueño nocturno, ella siente con fuerza una canción de Serrat.
"Vuela esta canción para ti, Lucía
la más bella historia que tuve y tendré"
....
"Tus recuerdos son cada día más dulces
el olvido sólo se llevó la mitad
y tu sombra aún se acuesta en mi cama
en la oscuridad..."
Ella se siente Lucía...
jueves, 24 de noviembre de 2011
Historias que me cuento- 9-Final
Ella quizá no, Dilia quizá no sabía porque pero yo sí, había tenido que beber el coñac de un sorbo y servirme de nuevo mientras Alfonso alzaba las cejas, sorprendido por una brusquedad que no me conocía. Sus bromas en cambio eran más que previsibles, decirle a Dilia que se decidiera alguna vez a terminar el cuento, conocía de sobra la primera parte pero seguro que había tenido una segunda, era tan de cajón, tan de camión en la noche, tan de todo lo que es tan en esta vida.
Me fui al baño y me quedé un rato tratando de no mirarme en el espejo de no encontrar también allí y horriblemente eso que yo había sido mientras me contaba la historia y que sentía ahora de nuevo pero aquí, ahora esta noche, eso que empezaba lentamente a ganar mi cuerpo, eso que jamás hubiera imaginado ´posible a lo largo de tantos años de Dilia y ALfonso, de nuestra doble pareja amiga de fiestas y cines y besos en las mejillas. Ahora era lo otro, era Dilia después, de nuevo el deseo pero de este lado, la voz de Dilia llegándome desde el salón, las risas de Dilia y de Niágara que debían estar tomándole el pelo a Alfonso por sus celos estereotipados. Ya era tarde, bebimos todavía coñac y nos hicimos un último café, desde arriba llegó el llanto del bebé y Dilia subió corriendo, lo trajo en brazos, se ha mojado todo el cochino, lo voy a cambiar en el baño., Alfonso encantado porque eso le daba media hora más para discutir con Niágara de las posibilidades de Vilas frente a Borg, otro coñac, piba, total ya estamos todos bien curados.
Yo no, me fui al baño para acompañarla a Dilia que había puesto a su hijo sobre la mesita y buscaba cosas en el placard. Y era como si de algún modo ella supiera parte, cuando le dije ya sé , conozco la segunda parte, ya sé que no pude ser pero ya ves, la conozco, y Dilia me volvió la espalda para empezar a desvestir al bebé y la vi inclinarse no solamente para soltarle los alfileres de gancho y quitarle el pañal sino como si de golpe la agobiara un peso del que tenía que librarse, del que ya estaba librándose cuando se volvió mirándome en los ojos y me dijo sí, es cierto, es idiota y no tiene ninguna importancia pero es cierto, me acosté con el camionero, decíselo a Alfonso si querés, de todas maneras él está convencido a su manera, no lo cree pero está tan seguro. Era así, ni yo diría nada ni ella comprenderia por qué me estaba diciendo eso, por qué a mí que no le había preguntado nada y en cambio le había dicho eso que ella no podría comprender de este lado de la historia. Sentí mis ojos como dedos bajando por su boca, su cuello, buscando los senos que la blusa negra dibujaba como mis manos los había dibujado toda esa noche, toda esa historia. El deseo era un salto agazapado, un absoluto derecho a acercarme a buscarle los senos bajo la blusa y envolverla en el primer abrazo. La vi girar, inclinarse otra vez pero ahora estaba liviana, liberada del silencio, ágilmente retiró los pañales, el olor de bebé que se ha hecho pis y caca me llegó junto con los murmullos de Dilia calmándolo para que no llorara, vi sus manos que buscaban el algodón y lo metían entre las piernas levantadas del bebé, vi sus manos limpiando al bebé en vez de venir a mí como había venido en la oscuridad de ese camión que tantas veces me ha servido en las historias que me cuento.
FIN
Me fui al baño y me quedé un rato tratando de no mirarme en el espejo de no encontrar también allí y horriblemente eso que yo había sido mientras me contaba la historia y que sentía ahora de nuevo pero aquí, ahora esta noche, eso que empezaba lentamente a ganar mi cuerpo, eso que jamás hubiera imaginado ´posible a lo largo de tantos años de Dilia y ALfonso, de nuestra doble pareja amiga de fiestas y cines y besos en las mejillas. Ahora era lo otro, era Dilia después, de nuevo el deseo pero de este lado, la voz de Dilia llegándome desde el salón, las risas de Dilia y de Niágara que debían estar tomándole el pelo a Alfonso por sus celos estereotipados. Ya era tarde, bebimos todavía coñac y nos hicimos un último café, desde arriba llegó el llanto del bebé y Dilia subió corriendo, lo trajo en brazos, se ha mojado todo el cochino, lo voy a cambiar en el baño., Alfonso encantado porque eso le daba media hora más para discutir con Niágara de las posibilidades de Vilas frente a Borg, otro coñac, piba, total ya estamos todos bien curados.
Yo no, me fui al baño para acompañarla a Dilia que había puesto a su hijo sobre la mesita y buscaba cosas en el placard. Y era como si de algún modo ella supiera parte, cuando le dije ya sé , conozco la segunda parte, ya sé que no pude ser pero ya ves, la conozco, y Dilia me volvió la espalda para empezar a desvestir al bebé y la vi inclinarse no solamente para soltarle los alfileres de gancho y quitarle el pañal sino como si de golpe la agobiara un peso del que tenía que librarse, del que ya estaba librándose cuando se volvió mirándome en los ojos y me dijo sí, es cierto, es idiota y no tiene ninguna importancia pero es cierto, me acosté con el camionero, decíselo a Alfonso si querés, de todas maneras él está convencido a su manera, no lo cree pero está tan seguro. Era así, ni yo diría nada ni ella comprenderia por qué me estaba diciendo eso, por qué a mí que no le había preguntado nada y en cambio le había dicho eso que ella no podría comprender de este lado de la historia. Sentí mis ojos como dedos bajando por su boca, su cuello, buscando los senos que la blusa negra dibujaba como mis manos los había dibujado toda esa noche, toda esa historia. El deseo era un salto agazapado, un absoluto derecho a acercarme a buscarle los senos bajo la blusa y envolverla en el primer abrazo. La vi girar, inclinarse otra vez pero ahora estaba liviana, liberada del silencio, ágilmente retiró los pañales, el olor de bebé que se ha hecho pis y caca me llegó junto con los murmullos de Dilia calmándolo para que no llorara, vi sus manos que buscaban el algodón y lo metían entre las piernas levantadas del bebé, vi sus manos limpiando al bebé en vez de venir a mí como había venido en la oscuridad de ese camión que tantas veces me ha servido en las historias que me cuento.
FIN
martes, 22 de noviembre de 2011
Historias que me cuento 8
" Dilia, él, la noche , la carretera alejada...."
En esos días supimos por Alfonso que la madre de Dilia estaba muy enferma y que Dilia viajaba a Necochea para acompañarla, Alfonso tenía que ocuparse del bebé que le daba mucho trabajo, a ver si los visitábamos cuando volviera Dilia. La enferma murió unos días después y Dilia no quiso ver a nadie hasta dos meses más tarde; fuimos a cenar llevándoles coñac y un sonajero ara el bebé y todo ya estaba bien, Dilia al término de un pato a la naranja y Alfonso con la mesa preparada para jugar canasta. La cena resbaló amablemente como debía ser porque Alfonso y Dilia son gente que sabe vivir y empezaron por hablar de lo más penoso, agotar rápido el tema de la madre de Dilia, después fue como tender suavemente un telón para volver al presente inmediato, nuestros juegos de siempre, las claves y los códigos del humor con los que se hacía tan agradable pasar la noche. Ya era tarde y coñac cuando Dilia aludió a un viaje a San Juan, la necesidad de olvidar los últimos días de su madre y los problemas con esos parientes que todo lo complican. Me pareció que hablaba para Alfonso, aunque Alfonso ya debía conocer la anécdota porque sonreía amablemente mientras nos servía otro coñac, el desperfecto del auto en plena sierra, la noche vacía y una interminable espera en la ruta en la que cada pájaro nocturno era una amenaza, retorno inevitable de tanto fantasma de infancia, luces de un camión, el miedo de que también el camionero tuviese miedo y pasara de largo, el enceguecimiento de los faros clavándola contra el acantilado, entonces el maravilloso chirrido de los frenos la cabina tibia, el descenso entre diálogos apenas necesarios pero que ayudaban tanto a sentirse mejor.
-se ha quedado traumatizada- dijo Alfonso- ya me lo contaste, querida, cada vez conozco más detalles de ese rescate, de tu San Jorge de overol salvándote del malvado dragón de la noche.
-No es fácil olvidarlo-dijo Dilia-, es algo que vuelve y vuelve, no sé por qué.
En esos días supimos por Alfonso que la madre de Dilia estaba muy enferma y que Dilia viajaba a Necochea para acompañarla, Alfonso tenía que ocuparse del bebé que le daba mucho trabajo, a ver si los visitábamos cuando volviera Dilia. La enferma murió unos días después y Dilia no quiso ver a nadie hasta dos meses más tarde; fuimos a cenar llevándoles coñac y un sonajero ara el bebé y todo ya estaba bien, Dilia al término de un pato a la naranja y Alfonso con la mesa preparada para jugar canasta. La cena resbaló amablemente como debía ser porque Alfonso y Dilia son gente que sabe vivir y empezaron por hablar de lo más penoso, agotar rápido el tema de la madre de Dilia, después fue como tender suavemente un telón para volver al presente inmediato, nuestros juegos de siempre, las claves y los códigos del humor con los que se hacía tan agradable pasar la noche. Ya era tarde y coñac cuando Dilia aludió a un viaje a San Juan, la necesidad de olvidar los últimos días de su madre y los problemas con esos parientes que todo lo complican. Me pareció que hablaba para Alfonso, aunque Alfonso ya debía conocer la anécdota porque sonreía amablemente mientras nos servía otro coñac, el desperfecto del auto en plena sierra, la noche vacía y una interminable espera en la ruta en la que cada pájaro nocturno era una amenaza, retorno inevitable de tanto fantasma de infancia, luces de un camión, el miedo de que también el camionero tuviese miedo y pasara de largo, el enceguecimiento de los faros clavándola contra el acantilado, entonces el maravilloso chirrido de los frenos la cabina tibia, el descenso entre diálogos apenas necesarios pero que ayudaban tanto a sentirse mejor.
-se ha quedado traumatizada- dijo Alfonso- ya me lo contaste, querida, cada vez conozco más detalles de ese rescate, de tu San Jorge de overol salvándote del malvado dragón de la noche.
-No es fácil olvidarlo-dijo Dilia-, es algo que vuelve y vuelve, no sé por qué.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Historias que me cuento -7
" Sigamos....."
Esa vez la historia duró interminablemente porque ni Dilia ni yo queríamos que terminara, hay historias que yo quisiera prolongar pero la chica japonesa o la fría condescendiente turista noruega no la dejan seguir, y a pesar de que soy yo quien decide en la historia llega un momento en que ya no tengo fuerzas y ni si quiera ganas de hacer durar algo que después empieza a resbalar a la insignificancia, ahí donde habría que inventar alternativas o inesperados incidentes para que la historia siguiera viva en vez de irme llevando al sueño con un ultimo beso distraído o un resto de llanto casi inútil.Pero Dilia no quería que la historia terminara, desde su primer gesto cuando resbalé junto a ella y en vez de lo esperable la sentí buscándome, desde la primera doble caricia supe que la historia no habrá hecho más que empezar, que la noche de la historia sería tan larga como la noche en la que yo estaba contando la historia. Solamente que ahora no queda más que esto, palabras hablando de la historia; palabras como fósforos, gemidos, cigarrillos, risas, súplicas y demandas, café al amanecer y un sueño de aguas pesadas, de relentes y retornos y abandonos, con una primera lengua tímida de sol viniendo desde la mirilla a lamer la espalda de Dilia tirada sobre mí, a cegarme mientras la apretaba para sentirla abrirse una vez más entre gritos y caricias.
La historia termina ahí, sin despedidas convencionales en el primer pueblo de la ruta como hubiera sido casi inevitable, de la historia pasé al sueño sin otra cosa que el peso del cuerpo de Dilia durmiéndose a su vez sobre mí después de un último murmullo, cuando desperté Niágara me hablaba de desayuno y de un compromiso que teníamos por la tarde. Sé que estuve a punto de contarle y que algo me tiró hacia atrás, algo que acaso era todavía la mano de Dilia volviéndome a la noche y prohibiéndome palabras que todo lo hubiera manchado. Sí, había dormido muy bien; claro, a las seis nos encontraríamos en la esquina de la plaza para ir a ver a los Marini.
"Falta poco para su final, sin final, como los de Cortázar..."
Esa vez la historia duró interminablemente porque ni Dilia ni yo queríamos que terminara, hay historias que yo quisiera prolongar pero la chica japonesa o la fría condescendiente turista noruega no la dejan seguir, y a pesar de que soy yo quien decide en la historia llega un momento en que ya no tengo fuerzas y ni si quiera ganas de hacer durar algo que después empieza a resbalar a la insignificancia, ahí donde habría que inventar alternativas o inesperados incidentes para que la historia siguiera viva en vez de irme llevando al sueño con un ultimo beso distraído o un resto de llanto casi inútil.Pero Dilia no quería que la historia terminara, desde su primer gesto cuando resbalé junto a ella y en vez de lo esperable la sentí buscándome, desde la primera doble caricia supe que la historia no habrá hecho más que empezar, que la noche de la historia sería tan larga como la noche en la que yo estaba contando la historia. Solamente que ahora no queda más que esto, palabras hablando de la historia; palabras como fósforos, gemidos, cigarrillos, risas, súplicas y demandas, café al amanecer y un sueño de aguas pesadas, de relentes y retornos y abandonos, con una primera lengua tímida de sol viniendo desde la mirilla a lamer la espalda de Dilia tirada sobre mí, a cegarme mientras la apretaba para sentirla abrirse una vez más entre gritos y caricias.
La historia termina ahí, sin despedidas convencionales en el primer pueblo de la ruta como hubiera sido casi inevitable, de la historia pasé al sueño sin otra cosa que el peso del cuerpo de Dilia durmiéndose a su vez sobre mí después de un último murmullo, cuando desperté Niágara me hablaba de desayuno y de un compromiso que teníamos por la tarde. Sé que estuve a punto de contarle y que algo me tiró hacia atrás, algo que acaso era todavía la mano de Dilia volviéndome a la noche y prohibiéndome palabras que todo lo hubiera manchado. Sí, había dormido muy bien; claro, a las seis nos encontraríamos en la esquina de la plaza para ir a ver a los Marini.
"Falta poco para su final, sin final, como los de Cortázar..."
sábado, 12 de noviembre de 2011
La universidad o Teoria de la Decisión
Materia interesante, hasta el nombre es interesante. Decidir: difícil no?,pero en esta materia es decidir sobre negocios, con herramientas de medición matemáticas, estadísticas, mucha lógica.
Pero la verdad es que decidimos todo el tiempo y no nos damos cuenta. El tema es cuando realmente nos damos cuenta que necesitamos decidir, y en general ahí decidimos sobre cuestiones menos matemáticas, menos medibles, mas aleatorias.
Ahí se presenta el problema, decidimos sin muchos elementos ni resultados evaluados.
En verdad el resultado se verá tiempo después. Y hay que tener coraje pues en algunos casos esa decisión , es como un salto al vacío.
Y volviendo a la facultad siempre recuerdo esta frase de mi profesor (un genio con todas las letras)
"Si no sabe que hacer, no haga nada, pues esa ya es una decisión"
Razonable mi profesor, que el curso de la vida haga por vos.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Historias que me cuento-6
Volvemos , espero que no nos hayamos olvidado de la historia...
Todavía me pregunté por qué Dilia esa noche pero casi en seguida dejé de preguntármelo, ahora me parecía tan natural que Dilia estuviera allí entre dormida a mi lado, aceptando de vez en cuando un nuevo cigarillo o murmurando una explicación de por qué ahí en plena montaña, que la historia embrollaba hábilmente entre bostezos y frases rotas puesto que nada hubiera podido explicar que Dilia estuviera ahí en lo más perdido de esa ruta a medianoche. En algún momento dejó de hablar y me miró sonriendo, esa sonrisa de muchacha que Alfonso calificaba de compradora, y yo le di mi nombre de camionero, siempre Oscar en cualquiera de las historias, y ella dijo Dilia y agregué´como agregaba siempre que era un nombre idiota por culpa de una tía lectora de novelas rosa, y casi increíblemente pensé que no me reconocía, que en la historia yo era Oscar y que ella no me reconocía.
Después es todo eso que las hsitorias me cuentan pero que yo no puedo contar como ellas, solamente fragmentos inciertos, hilaciones acaso falsas, el farol alumbrado la mesita plegadiza en el fondo del camión estacionado entre los árboles de un refugio, el chirrido de los huevos fritos, después del queso y el dulce Dilia mirándome como si fuera da decir algo y decidiendo que no diría nada, que no era necesario explicar nada para bajarse del camión y desaparecer bajo los árboles, yo facilitándole las cosas con el café ya casi listo y hasta una tacita de grapa, los ojos de Dilia que se iban cerrando entre trago y frese, mi descuidada manera de llevar la lámpara hasta el taburete al lado del colchón, agregar una cobija por si más tarde el frío, decirle que me iba adelante a cerrar bien las portezuelas por las dudas, nunca se sabía en esos tramos desiertos y ella bajando los ojos y diciendo sabes, no te vayas a quedar allí, a dormir en los asientos, sería idiota, y yo dándole la espalda para que no me viera la cara donde a lo mejor había un vago asombro por lo que estaba diciendo Dilia aunque desde luego siempre sucedía así de una u otra manera, a veces la indiecita hablaba de dormir en el suelo o la gitana se refugiaba en la cabina y había que tomarla por la cintura y derivarla hacia adentro, llevarla a la cama aunque llorara o debatiera, pero Dilia no, Dilia lentamente yendo de la mesa hacia la cama con una mano buscando ya el cierre de los jeans, esos gestos que yo podía ver en la historia aunque estuviera de espaldas y entrando en la cabina para darle tiempo, para decidirme a que sí, que todo sería como tenía que ser una vez más, una secuencia ininterrumpida y perfumada, el lentisimo traveling desde la silueta inmóvil bajo los faros en el viraje de la montaña hasta Dilia ahora casi invisible bajo las cobijas de lana, y entonces el corte de siempre, apagar la lámpara para que solamente quedara la vaga ceniza de la noche entrando por la mirilla trasera con una que potra queja de pájaro cercano.
Todavía me pregunté por qué Dilia esa noche pero casi en seguida dejé de preguntármelo, ahora me parecía tan natural que Dilia estuviera allí entre dormida a mi lado, aceptando de vez en cuando un nuevo cigarillo o murmurando una explicación de por qué ahí en plena montaña, que la historia embrollaba hábilmente entre bostezos y frases rotas puesto que nada hubiera podido explicar que Dilia estuviera ahí en lo más perdido de esa ruta a medianoche. En algún momento dejó de hablar y me miró sonriendo, esa sonrisa de muchacha que Alfonso calificaba de compradora, y yo le di mi nombre de camionero, siempre Oscar en cualquiera de las historias, y ella dijo Dilia y agregué´como agregaba siempre que era un nombre idiota por culpa de una tía lectora de novelas rosa, y casi increíblemente pensé que no me reconocía, que en la historia yo era Oscar y que ella no me reconocía.
Después es todo eso que las hsitorias me cuentan pero que yo no puedo contar como ellas, solamente fragmentos inciertos, hilaciones acaso falsas, el farol alumbrado la mesita plegadiza en el fondo del camión estacionado entre los árboles de un refugio, el chirrido de los huevos fritos, después del queso y el dulce Dilia mirándome como si fuera da decir algo y decidiendo que no diría nada, que no era necesario explicar nada para bajarse del camión y desaparecer bajo los árboles, yo facilitándole las cosas con el café ya casi listo y hasta una tacita de grapa, los ojos de Dilia que se iban cerrando entre trago y frese, mi descuidada manera de llevar la lámpara hasta el taburete al lado del colchón, agregar una cobija por si más tarde el frío, decirle que me iba adelante a cerrar bien las portezuelas por las dudas, nunca se sabía en esos tramos desiertos y ella bajando los ojos y diciendo sabes, no te vayas a quedar allí, a dormir en los asientos, sería idiota, y yo dándole la espalda para que no me viera la cara donde a lo mejor había un vago asombro por lo que estaba diciendo Dilia aunque desde luego siempre sucedía así de una u otra manera, a veces la indiecita hablaba de dormir en el suelo o la gitana se refugiaba en la cabina y había que tomarla por la cintura y derivarla hacia adentro, llevarla a la cama aunque llorara o debatiera, pero Dilia no, Dilia lentamente yendo de la mesa hacia la cama con una mano buscando ya el cierre de los jeans, esos gestos que yo podía ver en la historia aunque estuviera de espaldas y entrando en la cabina para darle tiempo, para decidirme a que sí, que todo sería como tenía que ser una vez más, una secuencia ininterrumpida y perfumada, el lentisimo traveling desde la silueta inmóvil bajo los faros en el viraje de la montaña hasta Dilia ahora casi invisible bajo las cobijas de lana, y entonces el corte de siempre, apagar la lámpara para que solamente quedara la vaga ceniza de la noche entrando por la mirilla trasera con una que potra queja de pájaro cercano.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)