sábado, 15 de octubre de 2011

Historias que me cuento -4

" Me imagino al personaje, callado, con ojos brillantes, soñador....y uds, cómo se lo imaginan?
Creo que lo más hermoso que tiene el amor por la literatura es como nosotros vivimos el relato del autor, que sentimos con sus palabras, que historia dentro de la historia nos contamos a nosotros mismos..."



Cuando la historia ponía a una mujer al borde de la ruta, esa mujer era siempre una desconocida, los caprichos de las historias que optan por una muchacha pelirroja o una mulata, vistas acaso en una película o una foto de revista y olvidadas en la superficie del día hasta que la historia me las traía si que yo las reconociera. Ver a Dilia fue entonces más que una sorpresa, casi un escándalo porque Dilia no tenía nada que hacer en esa ruta y de alguna manera estaba estropeando la historia con su gesto implorante y conminatorio. Dilia y Alfonso son amigos que Niágara y yo vemos de tiempo en tiempo, viven en órbitas diferentes y sólo nos acerca la fidelidad de los tiempos de universidad, la estima por temas y gustos comunes, cenar de cuando en cuando en casa de ellos o aquí, seguirlos de lejos en su vida de matrimonio con un bebé y bastante plata. Qué demonios tenía que hacer Dilia allí cuando la historia estaba sucediendo de una manera en la que cualquier muchacha imaginaria sí pero no Dilia, porque si algo estaba claro en la historia era que esa vez yo encontraría una muchacha en la ruta y de ahí sucederían algunas de las muchas cosas que pueden suceder cuando se llega a la llanura y se hace un alto después de la larga tensión del cruce todo tan claro desde la primera imagen, la cena con otros camioneros en el bodegón del pueblo cantes de la montaña,una historia ya nada original pero siempre grata por sus variantes y sus incógnitas, solamente que ahora la incógnita era diferente, era Dilia que de ninguna manera tenía sentido en esa curva de la ruta.
Puede ser que si Niágara hubiera estado ahí murmurando y resplando dulcemente en su sueño, yo hubiera preferido no levantar a Dilia, borrarla a ella y al camión y a la historia con solamente abrir los ojos y decirle a Niágara: "Es raro, estuve a punto de acostarme con una mujer y era Dilia", para que tal vez Niágara abriera a su vez los ojos y me besara en la mejilla tratándome de estúpido o metiendo a Freud en el baile o preguntándome si alguna vez había deseado a Dilia, para oírme decir la verdad o sea que en la perra vida, aunque entonces de nuevo Freud o algo así.
Pero sintiéndome tan solo dentro de la historia, tan solo como lo que era , un camionero en pleno cruce de la sierra a medianoche, no fui capaz de pasar de largo: frené despacio, abrí la portezuela y dejé subir a Dilia que murmuró apenas un "gracias" de fatiga y somnolencia y se estiró en el asiento con su saco de viaje a los pies.


Continuará...

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