jueves, 22 de diciembre de 2011

Una de mujeres para distraernos 3-Mujeres de ojos grandes

A los veintisiete años, recién llegado de España, donde se decía que aprendió las mejores técnicas para el cultivo de la aceitunas, el primo Sergio era heredero de un rancho en Veracruz, de otro en San Martín y de otro más cerca de Atzálan.
La tía Leonor notó el desconcierto en sus ojos, en la lengua con que se mojó el labio, y luego lo escuchó responder:
-Todo fuera como subirse otra vez al árbol.
La casa de la abuela quedaba en la 11 Sur, era enrome y llena de recovecos. Tenía un sótano con cinco puertas en que el abuelo pasó horas haciendo experimentos que a veces le tiznaban la cara y lo hacían olvidarse por un rato de los cuartos de abajo y llenarse de amigos con los que jugar billar en el salón construido en la azotea.
La casa de la abuela tenía un desayunador que daba al jardín y al fresno, una cancha para jugar frontón que ellos usaron siempre para andar en patines, una sala color de rosa con un piano de cola y una exhausta marina nocturna, una recámara para el abuelo otra para la abuela, y en los cuartos que fueron de los hijos varias salas de estar que iban llamándose como el color de sus paredes.La abuela, memoriosa y paralítica, se acomodó a pintar en el cuarto azul. Ahí la encontraron haciendo rayitas con un lápiz en los sobres de viejas invitaciones de boda que siempre le gustó guardar. Les ofreció un vino dulce, luego un queso fresco y después unos chocolates rancios. Todo estaba igual en casa de la abuela. Lo único raro lo notó la viejita después de un rato:
-A uds dos hace años que no los veía juntos.
-Desde que me dijiste que si los primos se casaban tienen hijos idiotas. contestó la tía Leonor.
La abuela sonrió, empinada sobre el papel en el que delineaba una flor interminable, pétalos y pétalos encimados sin tregua.
.......

Continuará

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