miércoles, 14 de diciembre de 2011

Leer esa sana costumbre o Una de mujeres para distraernos 1

Un amigo fiel es el libro, te acompaña, te hace viajar por el mundo , te enseña otros pensamientos y hasta te distrae en los momentos densos de esta vida, que no son pocos.
Vamos entonces a tratar de distraer nuestra mente un rato de tantas circunstancias difíciles con un cuento.
Un cuento de una de las mejores escritoras latinoamericanas, Angeles Mastreta-mejicana, un cuento de mujeres, escrito por una mujer hablando de ellas y de los hombres.
Aqui va de "Mujeres de ojos grandes", y espero que le guste y entretenga
...

La Tía Leonor

La tía Leonor tenia el ombligo más perfecto que se haya visto. Un pequeño punto hundido justo en la mitad de su vientre planisimo. Tenia una espalda pecosa y unas caderas redondas y firmes, como los jarros en que tomaba agua cuando era niña. Tenia los hombros suavemente alzados, caminaba despacio, como sobre el alambre. Quienes la vieron cuentan que sus piernas largas y doradas, que el vello del pubis era un mechón rojizo y altanero, que fue imposible mirarle la cintura sin desearla entera.
A los diecisiete años se casó con la cabeza y con un hombre que era justo lo que una cabeza elige para cursar la vida. Alberto Palacios, notario riguroso y rico, le llevaba quince años, treinta centímetros y una proporcional dosis de experiencia. Había sido largamente novio de varias mujeres aburridas que terminaron por aburrirse más cuando descubrieron que el proyecto matrimonial del licenciado era a largo plazo.
El destino hizo que tía Leonor entrara una tarde a al notaría, acompañando a su madre en el trámite de una herencia fácil que les resultaba complicadísima, porque el recién fallecido padre de la tía no había dejado que su mujer pensara ni media hora de vida. Todo hacía por ella menos ir al mercado y cocinar. Le contaba las noticias del periódico, le explicaba lo que debía pensar de ellas, le daba un gasto que siempre alcanzaba, no le pedía nunca cuentas y hasta cuando iban al cine le iba contando la película que ambos veían: "Te fijas, Luisita, este muchacho ya se enamoro de la señorita. Mira como se miran ¿ves? Ya la quiere acariciar, ya la acaricia. Ahora le va a pedir matrimonio y al rato seguro la va a estar abandonando".
Total que la pobre tía Luisita encontraba complicadísima y no solo penosa la repentina pérdida del hombre ejemplar que fue siempre el papá de la tía Leonor.
Con esa pena y esa complicación entraron a la notaría en busca de ayuda. La encontraron tan solicita y eficaz que la tía Leonor, todavía de luto se casó en año y medio con el notario Palacios.
Nunca fue tan fácil la vida como entonces. En el único trance difícil ella había seguido el consejo de su madre: cerrar los ojos y decir un avemaría. En realidad, varios avemarías, porque a veces su inmoderado marido podía tardar diez misterios del rosario en llegar a la serie de quejas y soplidos con que culminaba el circo que sin remedio iniciaba cuando por alguna razón, prevista o no, ponía la mano en la breve y suave cintura de Leonor.
Nada de todo lo que las mujeres debían desear antes de los veinticinco años le faltó a tía Leonor: sombreros, gasas, zapatos franceses, vajilla alemana, anillo de brillantes, collar de perlas desparejas, aretes de coral, de turquesas, de filigranas. Todo, desde los calzones que bordaban las monjas trinitarias hasta una diadema como la de la princesa Margarita. Tuvo cuanto se le ocurrió, incluso la devoción de su marido que poco a poco empezó a darse cuenta de que la vida sin esa preciosa mujer seria intolerable.
Del circo cariñoso que el notario montaba por lo menos tres veces por semana, llegaron a la panza de tía Leonor primero una niña y luego dos niños.
De modo tan extraño como sucede sólo en las películas, el cuerpo de la tía Leonor se infló y desinfló las tres veces sin perjuicio aparente.El notario hubiera querido levantar un acata dando fe de tal maravilla pero se limitó a disfrutarla, ayudado por la diligencia cortés y apacible que los años y la curiosidad le habían regalado a su mujer. El circo mejoro tanto que ella dejo de tolerarlo con el rosario entre las manos y hasta llegó a agradecerlo, durmiéndose después con una sonrisa que le duraba todo el día.
No podía ser mejor la vida en esa familia. La gente hablaba siempre bien de ellos, eran una pareja modelo. Las mujeres no encontraban mejor ejemplo de bondad y compañía que la ofrecida por el licenciado Palacios a la dichosa Leonor, y cuando estaban más enojados los hombres evocaban la pacífica sonrisa de la señora Palacios mientras sus mujeres hilvanaban una letanía de lamentos.
Quizá todo hubiera seguido por el mismo camino si a la tía Leonor no se le ocurre comprar nísperos un domingo.
......

Continuará

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